XXXVIII
Los viajeros son rechazados en varias casas
Hoy los he visto seguir un sendero más uniforme. La Virgen
desmontaba a ratos, siguiendo a pie algunos trechos. A menudo se detenían en
lugares apropiados para tomar alimento. Llevaban panecillos y una bebida que
refresca y fortalece, en recipientes muy elegantes, con dos asas que parecían
de bronce por el brillo. Esta bebida era el bálsamo que tomaban mezclado con
agua. Recogían bayas y frutas de los árboles y arbustos en los lugares más
expuestos al sol. La montura de María tenía a derecha e izquierda unos rebordes
sobre los cuales apoyaba los pies: de esa manera no quedaban en el aire, como
veo a la gente de nuestro país. Los movimientos de María eran siempre
sosegados, singularmente modestos. Se sentaba alternativamente a derecha e
izquierda.
La primera diligencia
de José, cuando llegaban a un lugar, era buscar un sitio donde María pudiese
sentarse y descansar cómodamente. Ambos se lavaban con frecuencia los pies. Era
de noche cuando llegaron a una casa aislada. José llamó y pidió hospitalidad;
pero el dueño de casa no quiso abrir. José le explicó la situación de María,
diciendo que no estaba en condición de seguir su camino y agregando que no
pedía hospedaje gratis. Todo fue inútil: aquel hombre duro y grosero respondió
que su casa no era una posada, que lo dejaran tranquilo, que no golpeasen a la
puerta. Ni siquiera abrió la puerta para hablar, sino que dio su respuesta
desde el interior.
Los viajeros continuaron su camino, y al poco tiempo
entraron en un cobertizo cerca del cual habían visto detenerse a la
borriquilla. El refugio estaba sobre un terreno llano. José encendió luz y preparó
un lecho para María, que lo ayudaba en todo esto. Metió al asno y le dio
forraje. Rezaron, comieron y durmieron algunas horas. Desde la última posada
hasta aquí habría unas seis leguas. Se hallaban ahora a unas veintiséis de
Nazaret y a unas diez de Jerusalén. Hasta aquel camino no habían seguido el
sendero principal, sino atravesando otros de comunicación que iban del Jordán a
Samaria, tocando las grandes rutas que llevan de Siria a Egipto. Los atajos
eran muy angostos y en las montañas se hallaban a menudo tan apretados que les
era necesario tomar muchas precauciones para poder andar sin tropezar ni
caerse. Los asnos avanzaban con paso muy seguro.
Antes de aclarar el día partieron y tomaron un camino que
volvía a subir. Me parece que llegaron a la ruta que lleva de Gábara hasta
Jerusalén, que en este lugar era el límite entre Samaria y Judea. En otra casa
donde pidieron hospitalidad fueron igualmente rechazados groseramente.
A varias leguas al Nordeste de Betania, María se sintió muy
fatigada y deseó descansar y tomar alimento. José se desvió una legua de camino
en busca de una higuera grande que solía estar cargada de higos, en torno de la
cual había asientos para descansar a su sombra. José conoció el lugar en uno de
sus anteriores viajes. Al llegar a la higuera no encontró en ella ni una fruta,
lo cual lo entristeció mucho. Recuerdo vagamente que Jesús halló más tarde esta
higuera cubierta de hojas verdes, pero sin frutos. Creo que el Señor la maldijo
en la ocasión que había salido de Jerusalén, y el árbol se secó por completo.
Más tarde se acercaron a una casa cuyo dueño trató
asperamente a José, que le había pedido humildemente hospitalidad. Miró luego a
la Santísima Virgen, a la luz de una linterna y se burló de José porque llevaba
una mujer tan joven. En cambio la dueña de casa se acercó y se compadeció de
María: le ofreció una habitación en un edificio vecino y les llevó panecillos
para su alimento. El marido se arrepintió de haber sido descomedido y se mostró
luego más servicial con los santos viajeros.
Más tarde llegaron a otra casa habitada por una pareja
joven. Aunque fueron recibidos, no lo hicieron con cortesía y casi ni se
ocuparon de ellos. Estas personas no eran pastores sencillos, sino como
campesinos ricos, gente ocupada en negocios. Jesús visitó una de estas casas,
después de su bautismo. La habitación donde la Sagrada Familia había pasado la
noche, la habían convertido en oratorio. No recuerdo si era propiamente la casa
aquélla cuyo dueño se burló de José. Recuerdo vagamente que el arreglo lo
hicieron después de los milagros que sucedieron al Nacimiento de Jesús.

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