LII
Isabel acude a la gruta de Belén
Esta noche vi a Isabel montada en un asno, conducido por un
viejo criado en camino de Juta a la
gruta de Belén. José la recibió afectuosamente y María la abrazó con un
sentimiento de indecible alegría. Isabel estrechó al Niño contra su pecho,
derramando lágrimas de júbilo. Le prepararon un lecho cerca del sitio donde
había nacido Jesús. Delante de él había un banquillo alto como el de aserrador,
sobre el cual había un cofre pequeño donde solían colocar al Niño Jesús. Debía
ser una costumbre que usaban con los niños, pues ya había visto en casa de Ana
a María en su primera infancia reposando en un banquillo parecido.
Anoche y durante el día de hoy vi a María e Isabel sentadas
juntas en afectuosa conversación. Yo me hallaba tan cerca de ellas que
escuchaba sus palabras con sentimiento de viva alegría. La Virgen contó a su
prima todo lo que había sucedido hasta entonces y cuando habló de lo que había
sufrido buscando un albergue en Belén, Isabel lloró muy conmovida. Le dijo
muchas cosas referentes al nacimiento de Jesús. Le explicó que en el momento de
la anunciación, su espíritu se había sentido arrebatado durante diez minutos,
teniendo la sensación de que su corazón se duplicaba y que un bienestar
indecible entraba en Ella llenándola por completo. En el momento del
nacimiento, se había sentido también arrebatada con la sensación que los
ángeles la llevaban arrodillada por los aires y le había parecido que su
corazón se dividía en dos partes y que una mitad se separaba de la otra.
Durante diez minutos había perdido el uso de los sentidos.
Luego sintió un vacío interior y un inmenso deseo de la felicidad infinita que
hasta aquel momento había habitado en ella y que ya no estaba más. Había visto
delante de sí una luz deslumbradora, en medio de la cual su Niño había parecido
crecer ante sus ojos. En ese momento lo vio moverse y lo oyó llorar. Volviendo
en sí lo levantó de la colcha y lo estrechó contra su pecho, pues al principio
había creído estar soñando y no se había atrevido a tocar al Niño rodeado de
tanta luz. Dijo no haberse dado cuenta del momento en que el Niño se había separado
de ella. Isabel le contestó: "En vuestro alumbramiento habéis gozado
favores que no tienen las demás mujeres. El nacimiento de mi Juan fue también
lleno de dulzura, pero todo se realizó en forma muy diversa". Esto es lo
que recuerdo de sus pláticas.
Al caer la tarde María se ocultó nuevamente con el Niño,
acompañada de Isabel, en la caverna lateral, vecina a la gruta del pesebre; me
parece que permanecieron allí toda la noche. María procedió así porque muchas
personas de distinción acudían de Belén al pesebre por pura curiosidad, y no
quiso mostrarse a ellas.
Hoy vi a María saliendo con el Niño de la gruta del pesebre,
yendo a otra que está a la derecha. La entrada es estrecha y unos catorce
escalones inclinados llevan primero a una pequeña cueva y después a una
habitación subterránea más amplia que la gruta del pesebre. José la separó en
dos partes por medio de una colcha que suspendió de la techumbre. La parte
contigua a la entrada era semicircular y la otra cuadrada. La luz no venía de
arriba, sino de aberturas laterales que atravesaban una roca muy ancha. Unos
días antes había visto a un hombre sacar de aquella gruta haces de leña y de
paja y paquetes de cañas como los que usaba José para hacer fuego. Fue un
pastor el que hizo este servicio. Esta gruta era más amplia y clara que la del
pesebre. El asno no estaba en ella. Vi al Niño Jesús acostado en una gamella
abierta en la roca.
En los días precedentes vi a María a menudo junto a algunos
visitantes mostrándoles al Niño cubierto con un velo y teniendo sólo un paño
alrededor del cuerpo. Otras veces lo veía del todo fajado. He visto que la
cuidadora que había asistido a la circuncisión venía a menudo a visitar al
Niño. María le daba casi todo lo que traían los visitantes para que ella lo
distribuyera entre los pobres del lugar y de Belén.
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