XXXIX
Últimas etapas del camino
En las últimas etapas José se detuvo varias veces, pues
María estaba cada vez más fatigada. Siguiendo el camino indicado por la
borriquilla, hicieron un rodeo de un día y medio al Este de Jerusalén. El padre
de José había poseído algunos pastizales en aquella comarca, y él conocía bien
la región. Si hubieran seguido atravesando directamente el desierto que se
halla al Mediodía, detrás de Betania, hubieran podido llegar a Belén en seis
horas; pero el camino era montañoso y muy incómodo en esta estación.
Siguieron a la borriquilla a lo largo de los valles y se
acercaron algo al Jordán. Hoy vi a los santos caminantes que entraban en pleno
día en una casa grande de pastores. Está a tres leguas de un lugar donde Juan
bautizaba más tarde en el Jordán y a siete de Belén. Es la misma casa donde
Jesús, treinta años más tarde, estuvo la noche del 11 de Octubre, víspera del
día en que por primera vez, después de su bautismo, pasó delante de Juan
Bautista.
Junto a la casa, y un tanto apartada de ella, había una granja
donde guardaban los instrumentos de labranza y los que usaban los pastores. El
patio tenía una fuente rodeada de baños que recibían las aguas de aquélla
mediante conductos especiales. El dueño parecía tener extensas propiedades y
allí mismo tenía un tráfico considerable. He visto que iban y venían varios
servidores que comían en aquella finca.
El dueño recibió a los viajeros muy amigablemente, se mostró
muy servicial y los condujo a una cómoda habitación, mientras algunos
servidores se ocuparon del asno. Un criado lavó en una fuente los pies de José
y le dio otras ropas mientras limpiaba las suyas cubiertas de polvo. Una mujer
rindió los mismos servicios a María. En esta casa tomaron alimento y durmieron.
La dueña de casa tenía un carácter bastante raro: se había
encerrado en su casa y a hurtadillas observaba a María, y como era joven y
vanidosa, la belleza admirable de la Virgen la había llenado de disgusto. Temía
también que María se dirigiera a ella para pedirle que le permitiese quedarse
hasta dar a luz a su Niño. Tuvo la descortesía de no presentarse siquiera y
buscó medios para que los viajeros partieran al día siguiente. Esta es la mujer
que encontró Jesús allí, treinta años más tarde, ciega y encorvada, y que sanó
y curó después de hacerle advertencias sobre su poca caridad y su vanidad de un
tiempo.
He visto algunos niños. La Santa Familia pasó la noche en
este lugar.
Hoy al medio día vi a la Sagrada Familia abandonar la finca
donde se habían alojado. Algunos de la casa los acompañaron cierta distancia.
Después de unas, dos leguas de camino, llegaron al anochecer a un lugar
atravesado por un gran sendero, a cuyos lados se levantaba una fila de casas
con patios y jardines. José tenía allí parientes. Me parece que eran los hijos
del segundo matrimonio de su padrastro o madrastra. La casa era de muy buena
apariencia; sin embargo, atravesaron este lugar sin detenerse.
A media legua dieron vuelta a la derecha, en dirección de
Jerusalén, y arribaron a una posada grande en cuyo patio había una fuente con
cañerías de agua. Encontraron reunidas a muchas gentes que celebraban un
funeral. El interior de la casa, en cuyo centro estaba el hogar con una
abertura para el humo, había sido transformado en una amplia habitación,
suprimiendo los tabiques movibles que separaban ordinariamente las diversas
piezas. Detrás del hogar había colgaduras negras y frente a él algo así como un
ataúd cubierto de paño negro. Varios hombres rezaban. Tenían largas vestimentas
de color negro y encima otros vestidos blancos más cortos. Algunos llevaban una
especie de manípulo negro, con flecos, colgado del brazo. En otra habitación
estaban las mujeres completamente envueltas en sus vestiduras, llorando,
sentadas sobre cofres muy bajos.
Los dueños de casa, ocupados en la ceremonia fúnebre, se
contentaron con hacerles señas de que entrasen; pero los servidores los
recibieron muy cortésmente y se ocuparon de ellos. Les prepararon un
alojamiento aparte con esteras suspendidas, que le daba aspecto de carpa. Más
tarde he visto a los dueños de casa visitando a la Sagrada Familia, en amigable
conversación con ellos. Ya no llevaban las vestiduras blancas. José y María
tomaron alimento, rezaron juntos y se entregaron al descanso.
Hoy a mediodía, María y José se pusieron en camino hacia
Belén de donde se hallaban sólo a unas tres leguas. La dueña de casa insistía
en que se quedaran, pareciéndole que María daría a luz de un momento a otro.
María, bajándose el velo, respondió que debía esperar treinta y seis horas aún.
Hasta me parece que haya dicho treinta y ocho. Aquella mujer los hubiera
hospedado con gusto, no en su casa, sino en otro edificio cercano. En el
momento de la partida vi que José, hablando de sus asnos con el dueño de la
casa, elogiaba los animales de éste, y dijo que llevaba la borriquilla para
empeñarla en caso de necesidad. Los huéspedes hablaron de lo difícil que sería
para ellos encontrar alojamiento en Belén, y José dijo que tenía varios amigos
allá y que estaba seguro de ser bien recibido. A mí me apenaba oírle hablar con
tanta convicción de la buena acogida que le harían. Aún habló de esto mismo con
María en el camino. Vemos, pues, que hasta los santos pueden estar en error.

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