XLVI
Señales en Jerusalén, en Roma y en otros pueblos
Esta noche vi en el Templo a Noemí, la maestra de María, a
la profetisa Ana y al anciano Simeón. Vi
en Nazaret a Ana y en Juta a Santa Isabel. Todos tenían visiones y revelaciones
del Nacimiento del Salvador. He visto al pequeño Juan Bautista, cerca de su
madre, manifestando una alegría muy grande. Vieron y reconocieron a María en
medio de aquellas visiones, aunque no sabían donde había tenido lugar el
acontecimiento. Isabel tampoco lo sabía. Sólo Ana sabía que tenía lugar en
Belén.
Esta noche vi en el Templo un acontecimiento admirable y
extraño: todos los rollos de escrituras de los saduceos saltaban fuera de los
armarios donde estaban encerrados, dispersándose. Este suceso causó mucho
espanto en todos, pero los saduceos lo atribuyeron a efectos de brujería y
repartieron dinero a los que lo sabían para que mantuvieran el secreto.
He visto muchas cosas en Roma esta noche. Cuando Jesús
nació, vi un barrio de la ciudad, donde vivían muchos judíos: allí brotó una
fuente de aceite que causó maravilla a todos los que la vieron. Una estatua
magnífica de Júpiter cayó de su pedestal en añicos, porque se desplomó la
bóveda del templo. Los paganos se llenaron de terror, hicieron sacrificios y
preguntaron a otro ídolo, el de Venus, creo, qué significaba aquello. El
demonio respondió, por medio de la estatua: "Esto ha sucedido porque una
Virgen ha concebido un Hijo sin dejar de ser virgen; y este Niño acaba de
nacer". Este ídolo habló también desde la fuente de aceite. En el sitio
donde brotó la fuente se alzó una iglesia dedicada a la Virgen María, Madre de
Dios. Los sacerdotes paganos estaban consternados y hacían averiguaciones.
Setenta años antes de estos hechos vivía en Roma una buena y
piadosa mujer. No recuerdo ahora si era judía. Se llamaba algo así como Serena
o Cyrena y poseía algunos bienes de fortuna. Por ese tiempo se había recubierto
de oro y piedras preciosas el ídolo de Júpiter y se le ofrecían sacrificios
solemnes. La mujer tuvo visiones y a consecuencia de ellas hizo varias
profecías, diciendo públicamente a los paganos que no debían rendir honores al
ídolo de Júpiter ni hacerle sacrificios, pues vendría un día en que lo verían
caer hecho pedazos. Los sacerdotes la hicieron comparecer y le preguntaron
cuándo habían de suceder estas cosas. Como no pudo determinar el tiempo, fue
encerrada en prisión y maltratada, hasta que Dios le hizo conocer que ello
sucedería cuando una Virgen purísima diera a luz un Niño. Cuando dio esta
respuesta, se burlaron de ella y la dejaron en libertad, reputándola por loca.
Sólo cuando se derrumbó el templo, haciendo pedazos al ídolo, reconocieron que
había dicho la verdad, maravillándose de la época fijada y del acontecimiento,
aunque no sabían que la Santísima Virgen había sido la Madre, e ignorando el
Nacimiento del Salvador.
He visto que los magistrados de Roma se informaron de estos
hechos, como de la fuente que había brotado. Uno de ellos fue un tal Léntulo,
abuelo de Moisés, sacerdote y mártir y de aquel otro Léntulo, que fue amigo de
San Pedro en Roma. Relacionado con el emperador Augusto he visto algo que ahora
no recuerdo bien. Vi al emperador con otras personas sobre una colina de Roma,
en uno de cuyos lados se encontraba el Templo, cuya techumbre se había
derrumbado. Por unas gradas se llegaba hasta la cumbre de la colina donde había
una puerta dorada. Era un lugar donde se ventilaban asuntos de interés.
Cuando el emperador bajó de la colina, vio a la derecha,
encima de ella, una aparición en el cielo. Era una Virgen sobre un arco iris,
con un Niño en el aire, que parecía salir de Ella. Creo que, el emperador fue
el único que vio esta aparición. Para conocer su significado hizo consultar a
un oráculo que había enmudecido, el cual en esa ocasión habló de un Niño recién
nacido, a quien todos debían adorar y rendir homenaje. El emperador hizo erigir
un altar en el sitio de la colina donde había visto la aparición, y después de
haber ofrecido sacrificios, lo dedicó al Primogénito de Dios. He olvidado otros
detalles de este hecho.
He visto en Egipto un hecho que anunció el Nacimiento de
Jesucristo. Mucho más allá de Matarea, de Heliópolis y de Menfis había un gran
ídolo que pronunciaba habitualmente toda clase de oráculos y que de pronto
enmudeció. El Faraón mandó hacer sacrificios en todo el país a fin de saber por
qué causa había callado. El ídolo fue obligado por Dios a responder que
guardaba silencio y debía desaparecer, porque había nacido el Hijo de la Virgen
y que en aquel mismo sitio se levantaría un templo en honor de la Virgen. El
Faraón hizo levantar un templo allí mismo cerca del que había antes en honor
del ídolo. No recuerdo todo lo sucedido; sólo sé que el ídolo fue retirado y
que se levantó un templo a la anunciada Virgen y a su Niño, siendo honrados a
la manera de ellos.
Al tiempo del Nacimiento de Jesucristo, vi una maravillosa
aparición que se presentó a los Reyes Magos en su país. Estos Magos eran
observadores de los astros y tenían sobre una montaña una torre en forma de
pirámide, donde siempre se encontraba uno de ellos con los sacerdotes
observando el curso de los astros y las estrellas. Escribían sus observaciones
y se las comunicaban unos a otros. Esta noche creo haber visto a dos de los
Reyes Magos sobre la torre piramidal. El tercero, que habitaba al Este del Mar
Caspio, no estaba allí. Observaban una determinada constelación en la cual
veían de cuando en cuando variantes, con diversas apariciones. Esta noche vi la
imagen que se les presentaba. No la vieron en una estrella, sino en una figura
compuesta de varias de ellas, entre las cuales parecía efectuarse un
movimiento.
Vieron un hermoso arco iris sobre la media luna y sobre el
arco iris sentada a la Virgen. Tenía la rodilla izquierda ligeramente levantada
y la pierna derecha más alargada, descansando el pie sobre la media luna. A la
izquierda de la Virgen, encima del arco iris, apareció una cepa de vid y a la
derecha, un haz de espigas de trigo. Delante de la Virgen vi elevarse como un
cáliz semejante al de la Última Cena. Del cáliz vi salir al Niño y por encima
de Él, un disco luminoso parecido a una custodia vacía, de la que partían rayos
semejantes a espigas. Por eso pensé en el Santísimo Sacramento. Del costado
derecho del Niño salió una rama, en cuya extremidad apareció, a semejanza de
una flor, una iglesia octogonal con una gran puerta dorada y dos pequeñas
laterales. La Virgen hizo entrar al cáliz, al Niño y a la Hostia en la Iglesia,
cuyo interior pude ver, y que en aquel momento me pareció muy grande. En el
fondo había una manifestación de la Santísima Trinidad. La iglesia se
transformó luego en una ciudad brillante, que me pareció la Jerusalén
celestial.
En este cuadro vi muchas cosas que se sucedían y parecían
nacer unas de otras, mientras yo miraba el interior de la iglesia. Ya no puedo
recordar en qué forma se fueron sucediendo. Tampoco recuerdo de qué manera
supieron los Reyes Magos que Jesús había nacido en Judea. El tercero de los
Reyes, que vivía muy distante, vio la aparición al mismo tiempo que los otros.
Los días que precedieron al Nacimiento de Jesús, los veía sobre su observatorio
donde tuvieron varias visiones. Los Reyes sintieron una alegría muy grande,
juntaron sus dones y regalos y se dispusieron para el viaje. Se encontraron al
cabo de varios días de camino.

No hay comentarios:
Publicar un comentario